Nuestro atardecer

Dejarse llevar, por el sonido del viento, por esa brisa cálida que hacía mi piel estremecerse, como el contacto de tus labios en mi espalda desnuda, como sentir tus dedos de terciopelo apartándome aquel mechón de mis ojos.

Mi vista no podía apartarse de aquel cielo azul, de aquellas motas blancas que se mecían en aquella inmensidad.

Y de azul torno rosado, de rosado se volvió anaranjado y así, con sutiles cambios apareció un manto estrellado y trajo con él aquellos recuerdos…

Comencé a soñar con tus manos mucho antes de conocerte. Al principio sentí que era una situación rara, noche tras noche, sin poder evitarlo, volvía a ellas, volvía a sentir la calidez de tu abrazo, volvía a sentirte cerca. Y sin saber si eras real o no, comencé a sentirme en casa, comencé a pensar que no quería dejar marchar aquella sensación de seguridad, aquella clase de sentimientos que poco a poco iba acomodándose en mi pecho.

Y así, poco a poco, me dejé llevar en mis noches oscuras. Únicamente deseaba volver a sentirme segura, volver a ti, una ilusión, algo ficticio que me permitía seguir cuerda…un sueño.

Me gustaba la sensación de libertad. Y creo recordar que me sentía libre mirando los pájaros volar, cuando les veía surcar ese mar de viento, podía sentir que nada les ataba, podía sentir calma e incluso podía ver como se paraba el tiempo. Ver sus vuelos juguetones, oír sus cantos y sentir esa paz que dejaban…creí que esa iba a ser toda la libertad que sentiría. Pensé que siendo humana no podría sentir más allá, únicamente podía soñar con ello…pero tú me enseñaste que no.

Llevaba tantos noches soñándote, que para mí, eras más real que yo misma. Había sentido esa calidez en mi pecho que me hacía pensar que eras auténtico. Aunque una pequeña parte de mí, permanecía alerta, advirtiéndome que sólo eras un sueño, no una realidad.

Siempre quise ver tu rostro, ver quién era aquel que me había calado tan hondo…pero lo único que conseguía ver era algo borroso. Podía ver tu amplia sonrisa, una sonrisa sincera, desnuda y tranquila. Podía sentir una mirada profunda llena de ternura…pero no alcanzaba a verte por completo.

Comencé a sentir que eras demasiado real y comencé a asustarme. Comencé a pensar que tal vez, sentirme así por alguien como tú, un sueño, no podía ser sano. Temí por mí, por mi corazón, sentía como lo perdía, como poco a poco, te lo estaba entregando. Y por ello en cada nueva noche, me iba alejando más de ti, comencé a sentirte menos, encerrándome en mi, comencé a verte mas borroso, a temer encontrarnos.

Y así, las noches llenas de estrellas se tornaron oscuras y tétricas. Comencé a sentir escalofríos, comencé a temer la noche, a sentirme sola y a temblar, echando de menos tus brazos, echando de menos tus besos y tus labios.

Llevaba tiempo sin sentirte cerca, no te culpo, yo fui la única que te alejó, yo fui la única que te quiso lejos. Pero fue ese tiempo sin ti, fue ese tiempo cuando descubrí esa pequeña mota de luz entre tanta oscuridad en mitad de la noche. Me encontré, encontré la forma de reconfortarme, de quererme, de sentirme fuerte. Encontré mi propia manera de vivir, de sonreír y seguir adelante. Y entonces todo dejo de ser oscuro y entonces pude verte de nuevo, sin remordimientos, sin temores, pude sonreírte y mostrarte mi alma.

Estoy mirando aquel cielo, el mismo cielo al atardecer. A veces me siento melancólica pensando en la antigua yo, en como solía ser y pensar, pienso en todo aquel tiempo pasado. Pero no me arrepiento, debo decir que no lo hago, porque sin esos tiempos de oscuridad no podría apreciar los colores de todo aquello que me rodea.

Sigo mirando el mismo cielo al atardecer, lo miro tomando tu mano, enterraba en tu pecho y con los ojos cerrados. Lo miro contigo. Ahora sé que no eras mis noches, que no necesitaba un salvavidas ni ser guiada ni llevada, no necesitaba que tripularas mis sentimientos ni necesitaba escapar de ellos, necesitaba entenderlos, necesitaba entenderme. Y por ello sé que tampoco eras mi luz. Eres simplemente tú. Mi vida entera.

Me comprendiste, me apoyaste y ayudaste. Me viste crecer y me animaste a ello. Y por ello gracias. Eras y serás el dueño de mi corazón, porque tú supiste que llevaba luz cuando todo estaba oscuro.

2 comentarios en “Nuestro atardecer

  1. Me dan un ormigueo en mi corazón , solo la imágen y al primer párrafo quiero llorar y no lo terminé de leer. Espero que. Nada. Es hermoso, no que va. Es algo que va más allá de una sensación. Es algo que marca y queda en uno. Escribes y haces que lloré.

    Le gusta a 1 persona

    1. Mil gracias por leerme. Me alegra que mis palabras te hayan alcanzado. Hacía tiempo que no me detenía por «Nuestro atardecer» para leerlo de nuevo. Tú comentario, a la vez que conmovedor, me ha hecho recordar un pedacito de mi. De nuevo gracias.

      Me gusta

Replica a Héctor Cancelar la respuesta