Llevábamos tiempo sin hablarnos, y mucho más tiempo sin vernos. Las semanas habían pasado a ser meses y los meses en años.
Todo estaba tranquilo, me habías dicho que te iba bien, que eras feliz. Y yo estaba feliz por ti. Poco a poco habías conseguido alcanzar tu sueño, y aunque te habías marchado lejos, todo había valido la pena.
Habías encontrado trabajo, habías hecho amigos nuevos, habías conocido a esa chica especial. Habías llegado tan lejos…
Yo siempre te apoyé, y aunque era la primera en ir cada fin de semana a verte allí y aunque compartimos millones de juergas y de secretos. Nosotros, ya no eramos los de antes. La distancia había hecho mella poco a poco, cavando una profunda franja.
Llevaba un tiempo pensando en ti. En como nos conocimos. Quién me habría dicho el primer día de clases que esa persona que se sentaba cerca iba a llegar a ser tan imprescindible para mí.
Han pasado unos siete años, y todavía vuelvo al recuerdo de aquel mensaje de texto que recibí.
Nuestro recuerdos son un gran regalo que atesoraré siempre.
Pero…te echaba de menos.
No quise decírtelo la ultima vez que hablamos. No quería que influenciará en tu vida. No quería crearte problemas. No quería que dejaras de ser feliz. Así que simplemente me lo callé e intenté disimular lo mejor que podía. Tú siempre me pillabas. Eras así. Pero aquel día, cuando fuiste a decirme algo, me adelanté. Te abracé lo más fuerte que pude. Y tras ese adiós no pronunciado, me marché.
Ahora iba en el metro. Volvía del centro. Hacía calor, el típico bochorno de verano de la capital. El pelo suelto me hacia cosquillas en la espalda descubierta. Iba demasiado feliz para la gente del metro. Me miraban extrañados cuando me veían entrar en el vagón mientras tarareaba la letra de la canción que iba escuchando.
Lo mejor de ir en el metro eran sus pequeños detalles. La música. La gente, pero no la muchedumbre sino la gente que podía llegar a verse en un vagón. Cada persona era distinta y eso me cautivaba. El verano me hacia querer coger el coche por el calor…pero por momentos como estos, perdonaba el haberlo dejado solo en el garaje.
Me tocaba bajarme dentro de dos paradas. Y fue en el mismo momento en el que levanté la mirada cuando te vi aparecer por la puerta.
No sabía que hacer, pero parecía que mi cerebro se puso en automático y le ordenó a mi cuerpo que se moviera. Y así lo hice. Como una niña pequeña corrí a tus brazos. Y tú en ese momento me viste. Y no dudaste, me tomaste entre ellos y me abrazaste. Eras tú, sin duda eras tú. Me hundí en tu pecho, me deje llevar por tu aroma. Me deje envolver por tus brazos. Me deje llevar por los sentimientos y mis ojos empezaron a hablar.
Salimos del vagón en la siguiente parada. No podía parar de reír. No quería separarme de ti y tú lo sabias. No me soltabas. Sonreías, y me mirabas con ojos vidriosos. Estabas tan cambiado, tan mayor, pero te miraba y seguías siento tú.
Me secaste las lagrimas y me abrazaste de nuevo. Hundiste tu nariz en mi pelo castaño y contuviste la respiración.
Te apartaste lentamente.
La emoción del momento seguía presente, pero tus ojos se habían oscurecido. Me mirabas como antaño, con añoranza, con delicadeza, con cariño, con ternura…con ¿amor?
Mis labios comenzaron a temblar. Tú lo viste y me tomaste de la barbilla, para que no pudiera apartar la mirada. Y con la voz clara y tierna me dijiste…
–«Has tardado demasiado, te estaba esperando»