Nos destruiste

Allí estaba, sentada en aquel sillón cochambroso, esperando a que volvieras.

Había sido un día bastante largo, las ojeras se acumulaban bajo mis ojos, tornando mi rostro de porcelana, muñeca de tez pálida y frágil. Llevaba más de un día y medio sin dormir. Ansiosa te extrañaba. Estaba siendo egoísta. A mi manera, y sin que te dieras cuenta, te estaba utilizando como salvavidas. Pero me estaba volviendo demasiado dependiente. Los días sin verte se volvían demasiado largos, con sombras oscuras por todos lados. Pero hoy había sido distinto. Hoy, con las pocas fuerzas que me quedaban, había estado tarareando nuestra canción, con una amplia sonrisa y los ojos brillantes. Me das las fuerzas que necesito.

Me remuevo incomoda en el sillón, los huesos me crujen, el alma se queja con un suave lamento desde lo más dentro de mi ser. La acallo con nanas de esperanzas. Siempre me acabo aferrando a esa pequeña idea positiva que titila como una pequeña llama a punto de ser absorbida por el océano.

Creo que lo peor es que esta sensación de soledad, este dolor en mi pecho…ya es una sensación conocida, demasiado quizás.

Hoy no creo que aguante como siempre, hoy las fuerzas me fallan. Me estoy hundiendo cada vez más en esta desesperación, pero tú sigues sin aparecer. Dónde están esas manos que me aparten el pelo de la cara, dónde están esos brazos que me rodeen, que alejan mis pesadillas.

Ya no entra luz por la ventana, la luna hoy no brilla. Solo una triste bombilla de luz pálida ilumina el fondo de la calle. Su reflejo no alcanza a iluminar más del banco que tiene justo debajo. Hace de ese lugar una escena de teatro, parece un foco, un escenario abandonado donde los actores han corrido lejos, fugándose y dejando la triste escena allí montada.

Me pesan los parpados, los voy cerrando, no quiero hacerlo, pero una enorme lágrima sale de uno de ellos. Mi cuerpo me pide que descanse, me pide que lo deje todo y cumpla sus peticiones, que piense en él. No le escucho. Vuelvo a abrir los ojos, lentamente, solamente ha sido un parpadeo lento.

Oigo unas llaves, pasos en las escaleras de la calle. Un hilo de luz entra desde el portal junto con una silueta. No le veo bien, pero huele a él. Por fin esta en casa. Enciende la luz. Voy a levantarme, y ya sin darme cuenta una sonrisa aparece en mi rostro. Pero tras el primer paso, el corazón se me detiene, o quizás se acelera, pero ya no estoy segura de nada. Solo de él, de ese olor que viene de él. No. No quiero. Otra vez no.

No me quiero acercar a él. Ese olor me trae muy malos recuerdos. Contengo la respiración. No quiero que se dé cuenta que estoy allí. Pero él ha movido la cabeza en mi dirección. Unos penetrantes ojos llorosos me miran desde la entrada. Bueno la verdad es que dudo que me vea realmente. La sangre se me congela, se está acercando a mí.

Levanta la mano cuando está a pocos centímetros. Me acaricia la mejilla con ojos cansados y una sonrisa ladeada en su rostro. Odio lo que esa sonrisa hace en mí. Le tomo la mano y le acaricio yo. Todo aquello que le iba a decir se desvanece de mi cabeza, se va, dejando un gran vacío. No quiero decirle nada malo, no quiero ser la mala, así que simplemente me callo, y me acerco a él para abrazarle.

Entre sus brazos, envuelta en su colonia y en su calor, podría estar toda la vida. Pero él me toma de la barbilla delicadamente y mira mis labios. Quiere besarme, y yo quiero besarle. Sentir ese delicioso sabor, esa sensación tan agradable y cálida. Pero en cuanto sus labios rozan los míos, siento una gran punzada de dolor y la burbuja mágica del amor se pincha. Ha vuelto a beber. Ha vuelto a beber mucho.

Me aparto. Sabe que no soporto ese sabor. Sabe que detesto que se haga eso. Pero él parece feliz, no le da importancia, me sonríe tontamente, y se acerca otra vez a mí.

No quiero que haga eso. Se lo digo. Sus ojos cambian. Su cuerpo se pone tenso. Su respuesta suena fría, demasiado. Sus argumentos son los de siempre. «Puedo y quiero hacerlo, sabes que me ayuda»

No quiero oírle. Me duele y me enfada al mismo tiempo que se quiera tan poco, que me quiera a mi tan poco, a nosotros. Me dijo que no lo volvería hacer, me lo prometió por nosotros. Le dije que no iba a consentir ninguna otra vez, que aquella vez debía ser la última, pero no me ha hecho caso.

Se lo digo. Exploto de forma muy tranquila, no grito, pero no puedo detener las palabras que salen de mi boca. Se lo digo, le digo que me voy a marchar. Voy hacia la puerta, saco las llaves del coche, me quedaré un rato sentada en el coche. Lloraré en cuanto entre por la puerta de mi casa. Comeré galletas y veré alguna película mala en la tele.

Pero antes de que abra la puerta, me detiene. Me agarra de la muñeca. No me agarra flojo, no le digo nada. Me dice que me quede, que es una tontería. Sus ojos parecen desesperados. No quiero quedarme aquí con él, no quiero ceder, otra vez no. Me despido. Pero no me suelta. Al contrario, me agarra más fuerte. Empiezo a tener miedo. Otra vez no, por favor. Mi respiración suena agitada, mi pecho se mueve arriba y abajo rápidamente. Mi sangre comienza poco a poco a helarse.

Le veo la cara. Sé lo que está pensando y algo dentro de mí me dice que huya. Pero no consigo zafarme de su agarre. No consigo gritar. No consigo moverme, mi cuerpo está paralizado por el miedo. Sus ojos están cargados de ira, de más de la que he visto nunca. Va a hacerme daño, lo sé, pero no puedo hacer nada para detenerle.

Mañana alguien paseará por ese parque de día, cuando la farola pase desapercibida, y verán coches de policía y una cinta amarilla acordonando la zona, acordonando este portal, este piso. Y habrá sangre, y marcas de arañazos por el suelo y las paredes. Los vecinos dirán que solíamos hacer ruido de noche, porque éramos jóvenes. «Pero los gritos de ayer, fueron de desesperación», les hubiera contestado yo, si es que pudiera contestarles.

Pero yo estaba mirando todo desde una camilla, con tubos enredados dentro de mi cuerpo, con cortes en mi pecho, con la ropa desgarrada y el alma partida. No me quedaban fuerzas para abrir casi los ojos, pero pude verle. A él. Como le llevaban en otra camilla. No se movía, no hacia ningún movimiento, ni quiera parecía respirar. Y algo dentro de mí se rompió. No quería perderle, pero no me había dado cuenta que le había perdido hace mucho, cada vez que había partido mi corazón.

Cerré los ojos por primera vez en dos días.

¿Alguna vez has pensado qué pasaría si supieras que vas a morir? La verdad es que yo no, y menos morir a manos de la persona que amas.  Yo sólo había pensado ir al cine mañana, cenar contigo, visitar unos jardines a las afueras, hablarte de mis disparatadas ideas entre risas, y pasar un gran fin de semana a tu lado. Pero tú, tú hiciste que todo se torciera. Pero lo peor de todo, es que después de todo…no puedo dejar de quererte.

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