Hace tiempo soñé que podría llegar a ser realmente feliz.
Hoy, siendo consciente de mi entorno, mirando realmente a mi alrededor, me doy cuenta de que no tengo motivos para no serlo. Pero que incluso así, un engranaje en mi pecho no consigue funcionar del todo bien.
Al principio lo achaqué a las dudas, a tu miedo, a pensar que quizás tú no me querías. Me aferré a esa idea, como un clavo ardiendo porque, si conseguía pensar así, yo tampoco acabaría cediendo, no tendría que acabar admitiendo que te estaba empezando a querer. No volverían a hacerme daño.
He sido fuerte tanto tiempo y con tantas ganas que en ocasiones creer que me quieren, me resulta inconcebible.
Tú, que dices quererme.
Tú, que me demuestras realmente lo que es cuidar y proteger.
Tú, que me haces reír hasta llorar, que me haces temblar sin frio, solamente con un roce de tu boca en mi piel.
Tú, que me has enseñado un cielo, grietas y recovecos.
Tú, que me has dado la confianza para sincerarnos.
No sé que hacer contigo. No sé que hago cuando alcanzo este punto de no retorno. Temo dar un paso más, porque me necesito y, a veces, contigo no me tengo. Siento que mis bordes se difuminan.
Tú te muestras sereno, me dices lo que sientes de forma audaz, sin maldad alguna. Pero a veces incluso las palabras más sinceras pueden llevar ponzoña. Veneno para este pequeño jilguero que teme cometer un error y que todo el castillo de naipes se desmorone.
Algunos lo llaman Síndrome del Impostor, pero no sé realmente como denominar lo que siento, que no me merezco que me quieran. Por lo menos no como tú lo haces, tan tiernamente que serían capaz de derretir los polos con una dulce mirada.
Yo me creí fuerte y ahora no sé continuar. Me da miedo fracasar, estropearlo todo, que te quieras marchar. No quiero perder al amigo que he hallado en ti. No quiero perderte ni perderme en el proceso.
Pero no sé que viene a continuación y la incertidumbre del abismo, acongoja a mi recosido corazón. No quiero enfrentarme a otra caída, a otro puntada, a otra cicatriz. No quiero encontrar las fuerzas si llego a perderlas.
Y tú, comienzas a ser tan importante para mí, que empiezo a pensar que necesito dejarte marchar o no habrá vuelta atrás.
No sé si todavía tengo la opción de elegir. Creo que ya es tarde, que he dado el paso, que pase lo que pase, voy con todo. Porque siempre preferiré revivir lo que fue un recuerdo que imaginarme un hipotético futuro.
Hace tiempo soñé que podía llegar a ser feliz.
Ahora no sólo quiero intentarlo, sino que con certeza afirmo que lo soy. Por mi misma, por el camino recorrido, por cada uno de los pasos, porque he conocido en mi vida a muchas personas y entre todas las personas, te elijo a ti para poder volar juntos.
Sólo te pido que me dejes ver como extiendes tus alas y alzas el vuelo. Y no me preocupa, que vueles rápido, lento, lejos o cerca. Sólo quiero verte volar y ver como consigues todo lo que te propones. Sólo quiero verte hallar aquello que te llena. Aunque sea desde el banquillo, aunque sea tomando tu mano. Sólo quiero verte volar. Y ya eso, me parece una buena razón para entender porque te quiero como te estoy queriendo.