Apareciste en mi vida sin avisar.
No creía que la vida pudiera depararme cosas tan bonitas. Personas tan únicas.
Apareciste y me ayudaste a curar una herida que no te correspondía.
Me besaste las esquirlas cuando todavía cortaban. Y no tuviste miedo.
Me abrazaste en mitad de la noche, cuando estar despierta era la peor pesadilla que pudiera soñar.
Me secaste cada lágrima, con mimo y paciencia. Con cariño. Siempre lo hiciste con cariño. Pero no como si temieras romperme. Siempre me viste fuerte incluso en mi momento más débil.
Nunca pretendiste que pasará, pero sin quererlo siquiera, comenzamos a querernos. De la forma más bonita. De la forma más sincera. Pues habíamos visto las sombras del otro.
Ahora veo porque fue tan difícil decirte adiós. Porque fuimos todo sin ser nada. Porque llegamos a entendernos sólo con la mirada. Porque susurré tu nombre en mil madrugadas. Porque me hiciste ver que podía reescribirme yo sola. Quizás pueda pagarte todo lo que has hecho por mí. Quizás lo sepas. Quizás lo ignores. Quizás en otra vida. Donde sin miedo pueda tomar tu mano. Donde sentir tanto no fuera nada malo.
Quererte nunca fue ni será un error. Fuiste mi historia más bonita. La que si pudiera escribiría en cada esquina de la ciudad. Esa ciudad que lleva nuestro nombre en cada calle. La que nos vio reír y llorar. La que nos permitió conocernos. La ciudad de mi postal favorita.