Y verte.
Y rozarte.
Y sonreír.
Un escalofrío que no recorre mi piel sino mi corazón.
Un latido alocado por cada sonrisa de tus labios.
Contigo no existen las mariposas.
Porque tú eres una tormenta de luciérnagas.
Luciérnagas que revolotean juguetonas en mi pecho.
No sé si buscando un hogar.
No sé si anhelando un hueco.
Una pequeña porción de mí, quizás incluso compartir sueños.
Pero eres luciérnaga y no mariposa, porque eres luz.
Pero eres luciérnaga y no mariposa, porque me haces brillar.
Eres luciérnaga, con sombras y destellos.
Eres luciérnaga y es por eso que mis cuadernos tienen tu inicial es sus bordes.
Eres luciérnaga y guardo en la comisura de mi boca mil «te quiero», esperando a ser susurrados en el hueco de tu cuello.
Eres luciérnaga. Una que ha decidido compartir su brillo.
Gracias por cada centelleo.
Te prometo que tu calidez me roza la piel, derrite mi coraza y me alcanza muy dentro, justo entre el corazón y el alma.