Hermosas cicatrices

Quizás, más por costumbre o por las prisas del día a día, no me había dado cuenta que ya no me aterra la oscuridad. Que al cerrar los ojos al dormir consigo soñar. Que la soledad no esta teñida de gris.

Diría que es por ti, por haberte encontrado. Pero sé que viene de antes. Sé que en algún momento del camino aprendí a escucharme, a abrazarme. Sé que el quererme ayer es lo que me permite ser capaz de quererte hoy, siendo valiente.

Obviamente el miedo desea colarse de vez en cuando entre latido y latido de mi pecho. Pero no me enfrento a él. Lo abrazo. Porque no temo que no funcione, porque es cierto que podría pasar. Pero temería más el no ser capaz de arriesgarme por ese futuro que desconozco.

Me propuse ser valiente. Mirar al precipicio y saltar. Porque sé que seré capaz de volar. Y si no, ya no le temo a la caída. He aprendido que, incluso la herida que deje, merecerá la pena. Hermosas cicatrices que cuentan batallas y enseñan lecciones. Marcarme la piel. Pues mis dedos recorrerán los valles que dibujéis y, cuando pase el tiempo, serán los labios de él los que se posarán sobre ellas.

Al sonar las doce campanadas, cruce los dedos y miré al cielo. Y en ese instante, fue tu sonrisa lo que apareció frente a mí. Y quise besarla, besarte, estar entre tus brazos, escucharte, seguir conociendo las mil aventuras que has vivido. Porque me encanta. Porque me encantas. Y quizás, la persona que fui hace un par de años no sería capaz de correr hacia ti sin miedo. Pero, ahora mismo, en este preciso instante, tu pecho es una dulce tentación donde dejar descansar mis sueños.

Y sólo me queda agradecerte cada una de las capas que desenvuelves cuando me hablas. Eso ha hecho que mi coraza sea de papel en cada encuentro y que, con un soplo de tus labios, vuele lejos.

Sigue siendo tú. Sigue mostrándome pieza a pieza, el puzle que formas. Prometo no romperte ni forzar que algo encaje. Sólo puedo decirte que estaré ahí.

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