Allí estamos.
Como una casualidad imprevista.
Tú con tus ojos vidriosos debido a las cervezas de la tarde, yo sin poder apartar la mirada de tu sonrisa.
Maldita tentación tus labios. Maldita la necesidad de fundirme con ellos.
Mis pulsaciones se disparan cuando mi boca es el centro de tu atención. Me muerdo el labio soñando con que eres tú quien me prueba. Me fascina la intensidad de tus pupilas, de como se clavan en las mías, de lo mucho que me dicen, de las cosas que imaginas.
No sé si es la intimidad de la noche o el silencio que nos rodea, pero la tensión entre nosotros aumenta con cada segundo. Tengo que controlar mis manos para apartarlas de ti. Retengo suspiros y latidos por ti. Por no cruzar la cuerda floja en la que jugamos.
Tus dedos rozan mi piel. De forma tan casual que podría incluso habérmelo imaginado.
Juegas con mi pelo, te acercas a olerlo.
La Luna alcance su cenit mientras sigues buscando excusas para tentar mi piel. Y la electricidad me atraviesa con el roce de tus dedos. No quiero que te detengas, aunque no entiendo el por qué, aunque no quiero entenderlo.
Nos despedimos a regañadientes, alargando el momento, alargando un abrazo que no queremos que termine. Y mientras me recuesto en la cama te miro de lado, de lejos, prohibiéndome tu piel, prohibiéndomelo todo.
Llega el alba acompañado de el sonido del despertador. Nos buscamos en la oscura habitación. Te encuentro recostado en la cama de al lado. Cruzamos miradas. Se vuelve a disparar mi pulso. Y el impulso de mis latidos me llevan hasta tu lado, sin poder remediarlo, sin poder evitarlo, de repente mi cabeza descansa sobre tu pecho. El aleteo de tu corazón hace eco a mis pensamientos. Quiero algo que no puedo. Deseo algo que no debo.
Ojalá poder congelar momentos, ojalá poder quedarme ahí, acobijada bajo tu ala, bajo tu mirada, entre tus brazos. Ojalá siempre.