Brillo de estrellas

Me acerqué a la barra. La copa rellena de aquel exquisito Rioja, que había pedido nada más entrar, comenzaba a estar tibia en mi mano. ¿Por qué había decidido presentarme dos horas antes? ¿Por qué no habría podido demorarse el tráfico? Ni siquiera podía decir que había perdido mi tiempo con la elección de mi vestido de aquella noche, pues lo elegí casi a la vez que acepté aquel compromiso. Pero el encontrarme allí, sola y expectante, solo me había servido para avivar los nervios en mi interior.

Era hoy.

Hoy era el día en el que al fin íbamos a conocernos. Incluso después de todo un año hablando, habíamos pospuesto aquel encuentro. Hasta hace una semana, cuando reuní valor y decidí que estaba segura de dar aquel paso. Me parecía correcto. Pero. Ahora. Enfrentándolo realmente, sentía un abismo de dudas devorando con un hambre insaciable cada uno de mis pensamientos. ¿Cómo podía haber dicho que sí? ¿En qué momento pensé que eso era, realmente, una buena idea?

Sentía mi piel cubierta de un sudor frío y mi respiración había comenzado, hace un par de minutos, a ser irregular. Me alejé de la barra con pasos intranquilos. Había realizado tantas veces ese camino desde mi mesa, que me podrían haber dado la Compostela de Santiago.

Tenía miedo. Aunque no miedo de verle. Le conocía. Eso lo tenía claro. Nuestra conexión era tal que había comenzado a sentirme segura envuelta en sus palabras o en nuestras llamadas a media noche. Pero, sin poder evitarlo, la angustia se aferraba a mi cuello, constándome respirar ¿Y si yo no era lo que se esperaba? ¿Y si al conocernos en persona, de alguna forma, no daba la talla?

¡Malditos pensamientos intrusivos! Había conseguido hace ya tiempo, tratar con ellos. Ya casi se me había olvidado la ansiedad que acarreaban. Pero ahí estaba. Fuerte. Latente. Dibujándome delirios. Presagios. Como una mirada rápida de desaprobación cuando me viera, algún gesto de desprecio durante la cena o alguna palabra despectiva en el transcurso de la noche.

Comenzaba a faltarme seriamente el aire.

Sonaron campanas a mi espalda. Campanas que habían estado sonando desde que entré en aquel club y que se habían encargado de reducir los años de vida que me quedaban.

Aunque, esta vez, sentí su sonido diferente. Menos chirriante y más dulce. Como avisando de un buen augurio.

Pero el pánico parecía más fuerte que la curiosidad, y éste me mantenía anclada en el sitio. Incapaz de reaccionar.

Seguía de espaldas a la puerta, pero ya podía sentir su presencia allí. Como si las luces brillaran más, como si el aire se hiciera más ligero y el ruido de las mesas del fondo, consiguiera atenuarse.

Lentamente. Conseguí que mi cuerpo volviera a pertenecerme, pudiendo así girar hacia su presencia.

Nuestros ojos se encontraron, atraídos como dos imanes. Y todos mis miedos se esfumaron al instante, como si nunca hubieran existido. Como si la coraza de acero que tenía a mi alrededor fuera de simple papel. Sus ojos arrasaron con todo.

Nunca unos ojos habían sido para mí paz y tormenta. Promesas. Seguridad. Hogar y futuro. Quizás porque nunca me había cruzado con unos ojos como los suyos, que parecían contener la inmensidad del mar y el brillo de las estrellas.

Así como nunca una sonrisa había acariciado mi dañado corazón, acunándolo con su gentileza en la distancia.

Quizás sea lógico. Pues nunca me había encontrado en esta vida, con alguien como él

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