Todas mis vidas

Vi tus ojos y todo se desvaneció. Como una bonita casualidad.

Vi tus ojos, y en ellos sentí calidez. Como si fueras mi refugio.

Vi tus ojos, y pude imaginar un futuro a tu lado. Como si no nos acabáramos de encontrar.

Quizás fuese el hilo rojo del destino, que me hizo aquel día tomar otro rumbo de camino a casa. Pero tras un agotador día, tras sentir como todas las energías de mi cuerpo se evaporaban en el transcurso de las extenuantes horas, fuiste como una refrescante colisión que rompió con mi realidad. Y sentirme tan viva, simplemente porque nuestras miradas tropezasen desde el otro lado de la calle, me hizo sentir aturdida, incluso vulnerable.

Sentí la necesidad de acortar la distancia entre nosotros, de acercarme, de hablarte. De cierta forma, sentía que era lo natural, que tú y yo, ya nos habíamos conocido antes. Sin embargo, también sentí una alarma de pánico palpitando en mis venas.

Yo estaba herida. Rota casi por completo. Me había aferrado a la convicción de estar sola. Que era lo correcto, que así estaba bien, que era sano, natural. Mas, allí parados uno frente al otro, en aquella transitada avenida, tus ojos susurraban promesas de una vida llena de aventuras.

El tiempo de espera del semáforo seguía avanzando, ajeno a nuestro encuentro. Mi pecho se sentía caliente, asfixiante. Las palmas de mis manos comenzaban a humedecerse y mi respiración amenazaba con comenzar a ser irregular. Era el paso previo de mis mejillas tiñéndose de un intenso rojo. Era capaz de sospechar la imagen que estaba dando de mí: dos enormes iris de cachorro en un rostro sonrosado entre la multitud. Me sentí avergonzada de sólo pensarlo. Pese a ello, una pequeña sonrisa torcida se dibujó en tus labios, cruzando una juguetona diversión por todos tus rasgos.

No se sentía real. No parecía real.

La gente a mi alrededor comenzó a andar. Supongo que el semáforo estaba en verde. Supongo que los seguí por impulso. Supongo que eso hacía, pues no era capaz de ser consciente de nada más que de los metros que se iban acortando entre nosotros.

Tú andabas con aire despreocupado pero seguro. Como si supieras que esto iba a pasar. Como si lo hubieses anticipado. Disfrutabas de cada paso, disimulando el brillo codicioso en tus ojos, como si estuvieras a punto de alcanzar un gran tesoro.

Cada vez estábamos más cerca. ¿Cuánto tiempo puede llegar a parecer cruzar una calle? Tengo la respuesta. Eterno.

Pero, ahí estábamos. Congelados en mitad del camino. Mis pies a centímetros de los tuyos. Tan cerca, que tuve que levantar mi mirada para encontrarme con la tuya. Me di cuenta que eras más alto de cerca, casi me sacabas dos cabezas. Sentí mi pulso irregular, más aún cuando alzaste tu mano y rozaste mi mejilla. Una espesa nebulosa comenzó a embotar mis sentidos, alcanzando el nirvana simplemente con aquel toque. Sintiendo como una electricidad recorría toda mi piel. Y envuelta en esas sensaciones, escuché una voz profunda cargada de cariño susurrar:

«Te he estado buscando en todas mis vidas»

Deja un comentario