Adrenalina

Cuando me giré, mis ojos buscaron los tuyos y fue al cruzar miradas cuando la electricidad tiró de la comisura de mi boca. Una sonrisa de vuelta apareció en tus labios.

Un escalofrío. Involuntario. Corriendo por toda mi piel.

Todavía sentía la adrenalina por mis venas. La sensación de libertad al cabalgar el viento. La euforia de cada curva quedaría marcada dentro de mí, de eso estaba segura. Esa sensación apabullante, burbujearía mucho tiempo en mi interior.

Incluso pisando suelo firme, no conseguía deshacerme de ella. Aunque tampoco lo buscaba, pues juro que te hubiera pedido ir a la misma Luna en aquel momento con el fin de prolongar esas sensaciones.

En cambio tú te veías tan tranquilo, envuelto en un aire despreocupado, estabas recostado sobre el asiento de la moto. Te envolvía un aire ligero. Como si no tuvieses prisa, como si nunca hubieses experimentado esa sensación, como si pudieses parar el tiempo a tu antojo. De algún modo, esa ligereza también me alcanzó a mí. Haciéndome sentir viva, como si nada doliera, como si no estuviese rota.

Aunque fue una ligereza pasajera. Pues, envuelta en esa brumosa sensación tan apacible, mis manos eran incapaces de liberar la cinta protectora de mi casco.

Tú me observabas, y podía sentir como la comisura derecha de tu boca se alzaba ligeramente divertida. Como si estuvieras conteniendo una carcajada al ver mis esfuerzos.

Con cada segundo que pasaba mis nervios iban aumentando, comenzando a sentirme ridícula. Pero bendito casco y benditas mis manos temblorosas. Pues poniéndote serio repentinamente, tiraste de la hebilla de mi cinturón para acercarme a ti, y mis piernas se hicieron de gelatina. Mis ojos se clavaron en los tuyos, y sin moverse de ahí, tus manos subieron hasta la cinta del cuello, despacio, a la vez que comenzabas a explicarme como debía hacerlo, como soltarlo.

Y yo sólo pude perderme en el instante, sólo pude pensar en lo cerca que estábamos, en el tono grave de tu voz, en mi corazón dando brincos en mi pecho.

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