Joaquín Sabina una vez cantó «Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver«. Y cuando escuché por primera vez esas palabras, no pude evitar pensar que significaban para él y si era, quizás, lo mismo que significaban para mí.
Hay canciones que te arrastran por la nostalgia, que te hacen reír que te hacen llorar, que tienen incluso nombre y apellido.
Y no puedo evitar preguntarme por qué dude cuando sentía que cada canción dulce que escuchaba llevaba tu nombre. Quizás por eso mismo que dijo Sabina, quizás me negaba a mirar atrás, a afrontar el pasado o al miedo que creía que sentiría si volvía la vista atrás. Hay veces que es mejor mantener aquello que quedó como un buen recuerdo, para no mancillarlo, para mantenerlo intacto, pulcro, como un instante de felicidad congelado.
Pero para mí, tras separarnos, asocié el rendirme con volver la vista atrás. En aquel entonces eras dolor, eras cada uno de mis pedacitos rotos, y mirar a ese pasado se sentía como si estuviera eligiendo dejar de luchar por mí.
Tuve miedo, en multitud de ocasiones tuve miedo, y sentía que las fuerzas por seguir avanzando me abandonaban. Me sentí desfallecer, me sentí frágil y sola. Y hubo un instante, que sentí que me merecía todo aquello.
Sobreviví.
Y de repente la vida se presentaba ante mis ojos con otro tipo de filosofía. Nada de aferrarse al dolor y a los malos recuerdos. Ya no había reproches dentro de mí, nada que utilizar en tu contra.
Comencé a sentir y a vivir cada instante, como antes, como siempre. Y comenzó a tomar sentido la frase, que una y otra vez acudía a mi mente, «Donde fuiste feliz siempre regresarás«, como un mantra constante.
No lo vi como algo malo, sino como si fuera una idea tomando forma, como un pedazo de plastilina maleable, el cual, se deja a la libertad de creación de las manos.
Al principio comencé a aplicarlo a pequeños momentos, como si aquel lugar al que regresar fuera una tarde con amigos o una cena en familia, pensando que eso era todo y que con ello conseguiría deshacerme de esa extraña quemazón que me insistía en que había algo más.
Pero el tiempo pasaba, y cada vez aquel pedazo de arcilla tomaba una forma más consistente. Era la forma de tu nombre, el brillo de tus ojos, tu sonrisa en la mañana o tu voz al cantar.
Y se sintió como una premonición, como si un intenso haz de luz iluminara el rumbo a seguir.
Todo sucedía tan natural, tan cómodo, tan real. Que pensé que volvía estar en una especie de espejismo o en un sueño, todavía atrapada entre los brazos de Morfeo.
Y es que se había vuelto una rutina el verte en ellos, entretejidos entre recuerdos, siempre me llevaban a aquel instante, estando en tu habitación, con tu cabeza reposando en mis piernas y mis dedos entrelazados en tu pelo. Sin poder ver tu rostro sin ni siquiera poder recordar el sonido de tu voz.
Pero no era el sueño en si o que, al momento de despertar de él, sintiera que me encontraba acunada entre tus brazos, sino la cruda realidad de lo que sentí en ese sueño, de lo que sé que sentí años atrás en aquella habitación.
Felicidad. Plena felicidad.
Y la certeza de que, aunque pasarán los años sería imposible poder volver a amar como estaba amándote en ese momento.
Porque era feliz
Porque te quería