Y al salir, el aire frio acarició mis mejillas. Sentí mi rostro arder, y me aferré a esa sensación, a ese suave dolor. Volvía a sentir, volvía a respirar. Sin ahogarme. Sin sentirme perdida.
Era un nuevo comienzo, una oportunidad, una fresca bocanada de aire. Una pausa, sin prisa, sin necesidad de correr incluso con la agenda llena, sentía que me podía permitir disfrutar del paisaje detenidamente. Sentir en mi piel los rayos del sol. Poder acariciar cada diminuto pétalo de las flores que descarriadas se precipitaban desde la rama más alta de aquellos retorcidos árboles.
Quería inundarme con su dulce fragancia.
Deleitarme con el despertar de esta perezosa primavera.
Ser envuelta por esta tranquila calma. Calma que no arrastraba pánico ni incertidumbre, sino que simplemente había llegado, arrolladora, desbordándome, alejando las tormentas desatadas en el caos de mi interior.
Tendida sobre una cama de rosas, y entre sus tallos entrelazados halladas las espinas. Ya no dolían. Ya no tenía que evitarlas, pues había logrado colocar un suave pedacito de algodón en cada una de sus púas.
Ya no temía al futuro, a las dudas, a las decisiones tomadas, al dolor, a la soledad de mirar al espejo y solamente encontrar mi propio reflejo.
Reescribiría la historia, alcanzaría cada meta, cada nuevo objetivo, sin miedo a tener que escalar de nuevo pendientes. Aunque tocase enfrentarse a nuevas despedidas, daría otro paso más, seguiría avanzando hacia arriba.
Por ello, secaré los mares que por las noches desbordan mis ojos y alzaré el vuelo, y juro que aprenderé a hacerlo sin miedos.