Y seguí fingiendo que nos dirigíamos en la misma dirección, como si no fuera consciente del acantilado de unos metros más adelante.
Y me recosté en aquel asiento de cuero, como si en realidad no quisiera llevar los pedales, como sino deseara acelerar y dejar todo atrás, evitando que el pasado nos alcanzara.
Así me sentía, fugitiva de mi propia vida, temerosa de echar un vistazo al retrovisor y, entonces, llegar a descubrir que todos los miedos y dudas estaban pisándonos los talones.
Decidí no mirar, decidiste ponerme una venda en los ojos. Mejor ir ciega hacia delante que enfrentarnos, mejor acabar heridos que hablándolo, porque la herida sólo la veríamos al final y ese final, esos metros, todavía estaban demasiado lejos.
Y sobre ese precipicio estuvimos jugando. Envueltos por la adrenalina y la nostalgia, jugábamos cada día entre el límite entre la tierra y el vacío, con miedo, pero necios de cual alta era la caída. Ya no hacía falta un vendaje, tus manos eran mi ceguera y mis besos una sutil forma de pedir el aire que necesitaba para poder respirar.
Y la dicha y el baile sobre ese camino de piedras continuó. Y ese camino se hallaba a veces tan teñido de rosas que costaba vislumbrar que en realidad estaba cargado de espinas.
Pero un día, un tropiezo de más, nos despertó de golpe, como una pesadilla en mitad del sueño de un infante, rápida e imprevista. Nos dejó tiritando y ni siquiera en los brazos del otro, fuimos capaces de templarnos.
Entonces comprendimos lo caprichoso que había sido el destino, divirtiéndose a costa de nuestros latidos, como si se riera de nuestra tozudez de siquiera intentarlo.
Pero tenía sentido, al final la lógica alcanzó nuestro juicio y aquellos dos títeres de Cupido, tuvieron que cortar sus propios hilos e iniciar sus vuelos por separado.
Y si alzas la vista, cuando el sol comienza a esconderse, encontraras dos pequeñas aves revoloteando sin rumbo, intentando encontrar algo real, algo que llegará a parecerse a aquel cuento que creyeron haber vivido.