Por fin aparté el miedo a un lado. Me atreví y me lance al vacío de tu sonrisa.
Y mentiría si dijera que no me esperaba el muro contra el que choque, pero como si de un alfiler se tratara pinchaste la burbuja en la que nos manteníamos flotando.
¿La caída dolió? Todavía estoy lamiendo las heridas.
Pero, siento como si me hubiera quitado un peso de encima, como si realmente necesitara que me dijeras que no. Creo que es porque, muy dentro de mí, sentía que todavía era demasiado pronto, que mi corazón no tiene ya solución, que mis heridas, aunque comiencen a ser cicatrices, siempre serán una marca de mi alma. Imborrables.
De igual forma se que no puedo dar lo que creo que pides, pues siempre mi corazón estará involucrado y por lo aprendido, dañado en el proceso.
Intento por tanto, encontrar un equilibrio entre todo el caos desatado en mi interior, intentando ignorar los abrasadores llantos de mi corazón. Porque lo dije, que estaría siempre, aunque me doliera, aunque me rompiera en el proceso.
Pero a veces siento que no es suficiente y me vuelvo a dejar arrastrar por el anhelo, la ansiedad y la confusión que asolan en mi corazón, acunándome cada noche.
Quizás fuera esta la escusa que buscaba para poder justificar mis acciones, quizás era la oportunidad que buscábamos los dos. Aunque más que una excusa, siento que es un faro de luz que me guía en mi propia confusión y oscuridad. Simplemente me queda adivinar hacia dónde me guía, hacia dónde quiero ir realmente, qué es lo que realmente quiero. Y siento que hasta que no consiga comprenderme y escucharme, no podré dar el siguiente paso hacía delante.