Y pensar que el tiempo cura el alma.
No sé de dónde saqué esa extraña idea, desde cuando pensé que con volver a casa todo estaría bien, que al estar sola no me dolería hasta lo más profundo de mi ser.
Pero aquí estoy acostada, otra madrugada más, con la brisa fresca de la corriente que trae consigo el insomnio, el cual me acompaña hasta que el sol calienta ya mi rostro.
Me siento cansada. Cansada de la duda. Del dolor. Del recuerdo. Del qué decir para no herir. De la decepción. Del qué será y de lo qué realmente quiero. Del tener. Del hablar. Del echar de menos.
Me siento extraña. Creo que he huido de mi propio dolor. Necesitaba escapar de la angustia que sentía dentro y, quizás me he dado cuenta tarde, que no he escapado sola, que debería haberlo hecho y así no te hubiera arrastrado conmigo a este abismo tan negro.
Hacía tiempo que no sentía esta agonía. Hacía tiempo que no hablaba de ti. Hacía tiempo que no sentía tanta culpa. Hacía demasiado tiempo que no me escuchaba a mi misma.
No es que no me crea esta realidad sino que no me he parado a pensar que mis acciones tienen consecuencias. Que puedo herir. Que puedo ilusionar y decepcionar. Que pueden marcharse. Que pueden romperse promesas. Que todo esto es demasiado real. Que le temo a tu marcha y a tu perdida. Que le temo a tu silencio o tu dolor. Que le temo a fallar. Que le temo a no quererte. Que le temo a decírtelo.
Y otro noche más llenando páginas en blanco con pensamientos inciertos. Abrazándome, evitando sentir el beso del silencio. Colmando la almohada de lágrimas saladas. Y soñando con que mañana no se refleje en mi cara, ni se note que he vuelto a pintar mi sonrisa al detalle antes de salir de casa. Para no dañar. Para no preocupar. Para evitar herir.