Me da miedo la muerte. No por todo lo que arrastra su nombre, como suele ser, como suele pasar, no por lo que implica, dejar de vivir, sino por lo atractiva que parece cuando las nubes de tormenta aparecen en mi cielo.
Le temo a lo apetecible de su sabor, a la necesidad dentro de mi pecho a respirarla. De sentirla. Tengo miedo de la curiosidad que siento sobre mi piel cuando oigo mencionarla.
Pero realmente, intento escapar de tan suculento placer, pues escucho las voces de aquellos que me rodean, escucho sus opiniones al respecto, sobre la soledad y la maldad que alberga su nombre, y todo eso consigue, en cierto modo, atarme a este mundo. Consiguen mantener mi conciencia ligada a mi cuerpo.
Pero eso no me impide soñar. Soñar con esa libertad, soñar con cómo sería sentir sus fríos labios sobre mi cuello, sobre las venas de mi cuerpo. Cómo se sentiría ser tomada por ella, sentir como me lleva, como me llena, como se alimenta de mí.
Y a veces temo que mis sueños sean cada vez mayores. Temo que se vuelvan mis anhelos, y que no quiera escapar sino lanzarme sin pensar a sus brazos.