Temo haberme perdido. Temo la fragilidad de mis sentimientos. Temo la culpa de mis dudas, temo los silencios, las miradas poco sinceras. Temo la distancia, la cercanía, la soledad y la compañía. Temo la contradicción de mis emociones.
Temo hacerte daño, pero no puedo evitar lastimarte. Temo que me dañes, temo tu veneno y el efecto que tiene sobre mis actos, sobre mis palabras envenenadas, repletas de un rencor que no reconozco.
Temo el frío de las noches en vela, temo los abrazos vacíos y el miedo de mirarte a los ojos.
Temo las pesadillas de mi mente y la inquietud de sentir que quizás «nosotros» no es correcto.
Temo ver que lo que quiero no es lo que siento. Temo que mi corazón ya no reclame tu nombre, temo sentir celos de nuestros recuerdos, de aquellos en donde éramos felices, de aquellos donde no existía el tiempo.
Tengo miedo de tener miedo, tengo miedo de sentirme cansada, agotada de las peleas, de tener que enfrentarte. Tengo miedo de quedarme sin aguante, de sentir que pelear por «nosotros» no vale la pena.
Tengo miedo de querer dejarlo todo. Tengo miedo de querer tomar la ruta más sencilla. Tengo miedo, porque en ocasiones suena tan cómodo, tan fácil y me imagino tan feliz, que temo desear esa vida.