Sentía soledad, una sensación que se apoderaba de mi cuando sentía que nadie me entendía, querer alejarme de todo y de todos, querer dejar todo atrás y dejarme arrastrar por una vida que no sentía mía.
Sentir que te rompes, que te destruyen, que te hundes y no consigues salir a flote. Sentir una horrible y espeluznante presión en el pecho que no te deja dormir…sentir que tu mismo te estas cavando tu propia tumba, que no dejas que nadie se acerque. Sentir que prefieres quedarte en tus sueños que volver a la realidad. Dar y dar vueltas a pequeños pensamientos, pequeños recuerdos que te permitan permanecer cuerda. Intentar luchar para no ser arrastrada por la marea, pero las olas golpean con fuerza y no te dejan avanzar. Estancarte, rendirte ante el vaivén de un nuevo día idéntico al anterior e igual que él que vendrá mañana.
Sentí que aquel dolor en el pecho era una especie de llamada de atención: la vida me estaba dando una señal, un aviso, diciéndome «frena, relájate, disfruta del momento, del instante. Aprecia a las personas que tienes cerca, aprecia los detalles y el cariño de aquellos que están día a día.»
Y en ese momento lo vi claro, entendía el porque había sufrido tanto todo este tiempo, porque había sentido la soledad impregnada en mi piel, porque había sufrido al conocer la verdad y las intenciones de la gente…lo comprendí todo…y juro que en ese instante sería la última vez que derramaría lágrimas por esta causa, sería la ultima vez que me cansaría de ser fuerte, la última vez que me dejaría envolver por la oscuridad de la soledad, porque ahora tenía esas manos a mi alrededor que me prestaban su ayuda para caminar, para no caer, para seguir adelante. Y también tenía sus sonrisas para conseguir sonreír siempre, pasara lo que pasara, nunca borraría de nuevo la sonrisa de mi rostro, por todos ellos, y por mi misma.