Mi ángel…no sólo en esta vida, siento que te he pertenecido desde mucho antes, me atrevería a decir desde siempre. Porque es lo que mi corazón siente, porque es lo que llevan tatuadas mis venas: tu nombre, tu sonrisa, el eco de tu voz, el tacto de tus manos, tus besos sobre mi piel desnuda…
A cada instante siento que te tengo cerca, que puedes tomar mi mano, aunque estés a kilómetros de distancia. Te siento tan cerca que puedo oler el aroma de tu pelo, tu aliento cálido en mi cuello, tu risa como un susurro…Puedo sentir que estas a mi lado y eso simplemente me da la esperanza necesaria para poder afrontar otro nuevo día cada mañana, con una sonrisa, con la cabeza mirando hacia lo alto, hacia donde sé que tú también estas mirando.
Pero dentro de mí, sólo puedo desear, añorar en silencio que la noche caiga de nuevo sobre mí, en esta ciudad sin estrellas, para poder llorarte con palabras mudas y gritos brotando de mis ojos.
Cada mañana, al levantarme, siento mi garganta adormecida. Me intento convencer que es por haber pasado la noche con la ventana abierta para poder contemplar la luna…pero conozco la verdad de ese malestar…noche tras noche, mientras deambulo entre los sueños y lo que podría llamar una vida sin ti…no puedo dejar de llamarte, entre susurros, dejando escapar en cada suspiro un pedazo de mi magullado corazón, o de lo que dejaste de él.
Pero no te culpo, no es mi intención borrar esa preciosa sonrisa de tu rostro con mis maltrechos pensamientos. Simplemente estoy dando rienda suelta a la pluma guiada por mis tristes recuerdos…
De igual manera, incluso con todo el sufrimiento que conllevaba amarte, incluso hoy, no cambiaría ningún instante vivido a tu lado, simplemente ¿por qué?, ¿por sentirse vivo?, ¿por poder respirar sin que el aire se atrapase en mi pecho, agitado por cada bocanada, como si fuera la última? No cambiaría ningún momento contigo. Fuiste tú quien me demostraste lo que era sentirse vivo de verdad, fuiste tú quien cerraba sus ojos caminando por la calle, confiando en que llevaría un rumbo correcto por los dos. Fuiste tú la que creo un universo que giraba alrededor de nosotros. Fuiste tú quien se apodero de todo mi ser. Fuiste tú la que me enseñó a volar alto, a ser ave, a ser libre.
Una vez tras otra me repetías que nunca me dejarías, que nunca te marcharías lejos, que pasara lo que pasara, siempre ibas a estar cerca mío…y yo, ingenuo de mí, te creí. Cada palabra, cada promesa, cada sueño que se escapaba silbante desde tus labios…y así como llegaste, desapareciste, con una sonrisa, con millones de palabras encerradas en tus vidriosos ojos.
Y yo solo podía repetirme que todo iba a estar bien, mientras veía como te alejabas en aquel avión. Aferrado como estaba a nuestros recuerdos, conseguí sobreponerme. Me mantenía fuerte, por lo menos por fuera…por dentro solo sentía una gran angustia que me invadía poco a poco, apoderándose de cada pedazo de mi roto cuerpo. Pero no debía mentir, era débil. Más débil y vulnerable que nunca. Mi escudo, mi pilar, mi fuerza se iba volando lejos de mi lado…
Sabía que eras lo que querías, lo sabía por como mirabas el cielo cada tarde, por como tu mirada se perdía en el horizonte, intentando encontrar lo que yo no conseguía darte. Tu ansiada libertad. Cada vez que te veía apartar aquella mirada brillante del atardecer, y te veía sonreírme, algo dentro de mí me decía que todo estaría bien, que ella siempre estaría a mi lado, pasara lo que pasara, que ella me querría por encima de todo.
Pero solo me engañaba, notaba como su espíritu de aventura se iba marchitando por mi…y horrorizado veía como la persona que amaba no podía llegar a cumplir su ansiado sueño.
Así que hice algo impredecible, algo que sabía que me acabaría matando, pero que te haría feliz. Le construí las alas más bonitas que alguien podría soñar. Estaban hechas de sueños, de esperanzas, de promesas, de mí. Esas alas eran todo lo que tenía para darte. En ese momento…te entregué todo…y resulta irónica la vida…puesto que somos capaces de regalar la nuestra a ese ser que nos la da cada día…pero ciertamente era justo, esa vida nunca fue mía, siempre estuvo es sus manos, siempre te pertenecí, incluso cuando todavía solo conseguía verla en mis sueños, y nuestros labios no se habían rozado, incluso ahí, fui siempre suyo.
Si le hubieran pedido a la gente que nos conocía describir nuestra historia, no podrían haber dicho que era como algo pasajero que sabes que con el tiempo se podría llegar a olvidar. Cuando nosotros estábamos juntos, todo se volvía una explosión de colores, sólo éramos ella y yo, éramos simplemente amor puro, dos corazones entregados y rendidos ante los deseos y sueños del otro.
Pero ahora…había pasado casi dos años de veladas observando las estrellas desde la ventana de mi habitación. Y hacía demasiado que mi almohada había dejado de oler a ti. Extrañaba tenerte cerca, extrañaba tus manos frías en la mañana, tus besos de buenos días con el café, tu manera de comer dulce a todas horas, la forma que tenías de mirarme…como si fuera alguien especial…la forma en la que me sentía a tu lado. Quería tener esa sensación de nuevo, pero como siempre tendría que esperar otros seis meses para volver a verte.