Si estamos juntos…

Iba andando por la calle, las luces de la calle se reflejaban en mis pupilas. Que bonita podía a llegar ser la noche dentro de una ciudad.

Tenía ganas de verte, poco a poco, habíamos conseguido superarlo todo y cada vez que te veía, recordaba todo lo que habíamos logrado, me ponía feliz pues había sido juntos.

Ando, mientras tarareo la melodía que había escuchado esa mañana en el metro. Hay poca gente, la calle es mía. Cada vez estoy más cerca. Paso cerca de aquel banco donde nos sentamos a hablar aquel día, recuerdo tu sonrisa cuando te aparté el pelo de la cara, recuerdo tu risa cuando me quedaba mirándote. Estabas tan bonita. Acelero el paso, quiero verte ya.

Pero…cuando voy a dar el siguiente, cuando mis ojos se desvían desde, aquel pasado que estaba reviviendo, al frente. Veo el débil resplandor naranja de esas luces aterradoras que tanto me he acostumbrado a ver.

No se por qué, quizás porque mi cuerpo lo sabe antes incluso de que mi cerebro pueda entenderlo, pero comienzo a correr, desesperadamente, como nunca antes. No quiero dar la vuelta a la esquina, pero a la vez me siento atraído hacia ella. Mi pulso se acelera, pero no me canso, no me detengo, simplemente me acerco más y más, a ti, allí, a esas horribles luces naranjas.

Doblo la esquina, y el pecho se me contrae. Allí esta parada, tranquila y silenciosa. No pienso nada, no puedo. Pensarlo me llevaría a imaginar el infierno que se esta acercando de nuevo.

Llego a tu portal. Abierto, frío, oscuro. No parece el mismo lugar donde te robé tantos besos, donde me mirabas rogándome que te volviera a tomar de la mano, donde te dije por primera vez que te quería. Ahora me encuentro congelado. Una camilla solitaria esta abajo. Sobre ella una sabana blanca, impoluta, demasiado perfecta.

Algo en mí se enciende, una chispa que simplemente consigue moverme, que me hace subir las escaleras de tres en tres.

Estoy frente a tu puerta, me toma dos segundos llamar al timbre, dos segundos en los que mi pecho se encoge, dos segundos en los que mi mente se queda en blanco, dos segundos eternos. El sonido del timbre al otro lado hace eco en mis oídos, suena muy alto y fuerte, más de lo que pretendía, es demasiado ruidoso para el silencio que inunda todo.

Oigo pasos acercarse a la puerta, llevan prisa. Y es entonces, antes de verle la cara a su padre, antes de que se abra esa puerta, lo sé.

Unos ojos grandes y llorosos me abren la puerta. Antes de que diga nada, se lanza a mis brazos. Nunca me imaginé a ese hombre llorando así, él, que siempre parecía tan fuerte y sereno. Pero tenía a ese hombre entre mis brazos desconsolado, ahora parecía frágil, roto. Le abrace mientras dejaba que su tristeza me inundara. Las lagrimas comenzaron a correr por mi cara. ¿Qué había hecho mal? Esta vez…esta vez todo parecía que estaba bien, parecía que lo habíamos conseguido. ¿No era que si estábamos juntos nada malo podía pasarnos?

 

Estoy allí de pie, dándole la mano. Esta tan tranquila ahora, esta a punto de dormirse. Ella es la única que hace que esa camilla fría y demasiado tétrica, parezca la cama mas cómoda del mundo. Quiero tumbarme allí con ella. Quiero que me mire sin ese vacío en sus ojos. Quiero ver esa chispa que tanto me encanta. Quiero abrazarla, sin tubos, sin alguien midiendo sus reacciones, sin tanta bata de hospital. Quiero pasear por el parque de la mano, quiero besar sus ojos al despertar después de una maratón de películas viejas.

Quiero que esa ambulancia no se la lleve de nuevo, quiero no sentirme así, quiero estar con ella, quiero que ella este bien. Pero sobre todo quiero ser suficiente como para que una vida a mi lado sea el incentivo para ser feliz. Quiero hacerla feliz. Pero ya, ya no sé como. Le seguiré dando cada pedazo que pida de mí, pues ella es todo lo que yo necesito, ella me ha dado tanto, quiero también llegar a ser su motivo para sonreír como ella lo es para mí.

Deja un comentario